A los hombres y mujeres de «batea y barro», quienes entienden que la auténtica riqueza no reside en el mineral, sino en la biodiversidad que lo sustenta.
A nuestra Guayana infinita, donde los tepuyes custodian la armonía natural. Que estas palabras nos recuerden que el mayor tesoro de Venezuela no es el mineral que se extrae, sino el pulmón virgen que preservamos para el futuro.
Proteger el agua es garantizar el mañana. Busquemos una minería que,
en lugar de cicatrices, deje abrazos en la selva.
El susurro del tepuy
En el Reino de las Tierras Altas, donde las cumbres rasgan la bruma, la selva se alza como un latido de jade que respira entre los gigantes de piedra. Aparicio no es un minero y buscador de oro cualquiera; se considera un «Buscador de Estrellas Terrenales». Aparicio comprende que el oro no se considera simplemente un metal originado de fósiles, sino que extraer oro no es simplemente desenterrar piedras; es sustraer las gotas de sol que la tierra ha atesorado en sus profundidades para dejarlas enfriar.
A los hombres y mujeres de «batea y barro», quienes entienden que la auténtica riqueza no reside en el mineral, sino en la biodiversidad que lo sustenta.
A nuestra Guayana infinita, donde los tepuyes custodian la armonía natural. Que estas palabras nos recuerden que el mayor tesoro de Venezuela no es el mineral que se extrae, sino el pulmón virgen que preservamos para el futuro.
Proteger el agua es garantizar el mañana. Busquemos una minería que,
en lugar de cicatrices, deje abrazos en la selva.
El susurro del tepuy
En el Reino de las Tierras Altas, donde las cumbres rasgan la bruma, la selva se alza como un latido de jade que respira entre los gigantes de piedra. Aparicio no es un minero y buscador de oro cualquiera; se considera un «Buscador de Estrellas Terrenales». Aparicio comprende que el oro no se considera simplemente un metal originado de fósiles, sino que extraer oro no es simplemente desenterrar piedras; es sustraer las gotas de sol que la tierra ha atesorado en sus profundidades para dejarlas enfriar.
Aparicio maneja con destreza su batea de madera, elaborada con carapa de la selva, material noble y con abolengo. La fuente, escrupulosamente labrada, lleva inscritas runas de protección que parecen rebosar de energía. La batea no es solo un utensilio; es un puente que conecta a Aparicio con la sabiduría ancestral de la tierra que lo rodea. Nunca recurra al uso del llamado «veneno plateado», esa sustancia que embriaga el juicio de los peces, porque niño desde su abuelo le había enseñado un precepto místico: el río no era solo un curso de agua, sino la manifestación viva de la Gran Madre, una fuente vital cargada de energía que demandaba respeto y cuidado como si se tratara de algo sagrado.
La sombra de hierro
Un amanecer, el cielo se tiñó de un gris ceniciento. No era una lluvia, sino el acuoso humo de los colosales «Devoradores»: aquellas máquinas voluminosas de hierro oxidado que no pedían permiso ni estaban obligadas a conocer el límite. La selva caía en un profundo silencio a su paso: las corocoras que antes atravesaban el atardecer como flechas de fuego escarlata estaban perdiendo su color. Las plumas que se habían tratado durante generaciones con el secreto de los crustáceos del río se tornaron, a su vez, de un gris quebradizo, como si la tristeza del agua les estuviera robando el alma. ¡Ver una corocora blanca como el humo era la última de las señales: la selva se estaba desangrando y los ríos se convertían en densos lodos, como una limo del olvido!
Aquellas malas bestias gruesas no buscaban alimentarse, sino arrancar el alma viva de la tierra; el desgarre definitivo y despiadado de sus raíces.
El pacto de la selva
Y la selva resolvió responder. No con palabras humanas, sino que recordaba un lenguaje antiguo; raíces que se movían como serpientes vivas, árboles que cortaban los caminos, y demostraban así que no volvería a ser un camino fácil de recorrer. Durante todo este grito natural, en la mina a ras de suelo de su padre, Yará –la hija de Aparicio y también conocedora del idioma tierno de las orquídeas– advirtió que no todo era igual; Hubo un brillo, un destello particular en ese oro que extraía con sus manos bien curtidas.
—Padre —hablándole con esa sabiduría que proviene de los ancestros—, el oro que tú trabajas no deja cicatrices porque primero le pides permiso al espíritu del agua antes de mover de manera intencionada las piedras.
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A los hombres y mujeres de «batea y barro», quienes entienden que la auténtica riqueza no reside en el mineral, sino en la biodiversidad que lo sustenta.
A nuestra Guayana infinita, donde los tepuyes custodian la armonía natural. Que estas palabras nos recuerden que el mayor tesoro de Venezuela no es el mineral que se extrae, sino el pulmón virgen que preservamos para el futuro.
Proteger el agua es garantizar el mañana. Busquemos una minería que,
en lugar de cicatrices, deje abrazos en la selva.
El susurro del tepuy
En el Reino de las Tierras Altas, donde las cumbres rasgan la bruma, la selva se alza como un latido de jade que respira entre los gigantes de piedra. Aparicio no es un minero y buscador de oro cualquiera; se considera un «Buscador de Estrellas Terrenales». Aparicio comprende que el oro no se considera simplemente un metal originado de fósiles, sino que extraer oro no es simplemente desenterrar piedras; es sustraer las gotas de sol que la tierra ha atesorado en sus profundidades para dejarlas enfriar.
Aparicio maneja con destreza su batea de madera, elaborada con carapa de la selva, material noble y con abolengo. La fuente, escrupulosamente labrada, lleva inscritas runas de protección que parecen rebosar de energía. La batea no es solo un utensilio; es un puente que conecta a Aparicio con la sabiduría ancestral de la tierra que lo rodea. Nunca recurre al uso del llamado «veneno plateado», esa sustancia que embriaga el juicio de los peces, porque desde niño su abuelo le había enseñado un precepto místico: el río no era solo un curso de agua, sino la manifestación viva de la Gran Madre, una fuente vital cargada de energía que demandaba respeto y cuidado como si se tratara de algo sagrado.
La sombra de hierro
Un amanecer, el cielo se tiñó de un gris ceniciento. No era una lluvia, sino el acuoso humo de los colosales «Devoradores»: aquellas máquinas voluminosas de hierro oxidado que no pedían permiso ni estaban obligadas a conocer el límite. La selva caía en un profundo silencio a su paso: las corocoras que antes atravesaban el atardecer como flechas de fuego escarlata estaban perdiendo su color. Las plumas que se habían teñido durante generaciones con el secreto de los crustáceos del río se tornaron, a su vez, de un gris quebradizo, como si la tristeza del agua les estuviera robando el alma. ¡Ver una corocora blanca como el humo era la última de las señales: la selva se estaba desangrando y los ríos se convertían en densos lodos, como un limo del olvido!
Aquellas malas bestias gruesas no buscaban alimentarse, sino arrancar el alma viva de la tierra; el desgarre definitivo y despiadado de sus raíces.
El pacto de la selva
Y la selva resolvió responder. No con palabras humanas, sino que rememoró un lenguaje antiguo; raíces que se movían como serpientes vivas, árboles que cortaban los caminos, y demostraban así que no volvería a ser un camino fácil de recorrer. Durante todo este grito natural, en la mina a ras de suelo de su padre, Yará –la hija de Aparicio y también conocedora del idioma tierno de las orquídeas– advirtió que no todo era igual; hubo un brillo, un destello particular en ese oro que extraía con sus manos bien curtidas.
—Padre —hablándole con esa sabiduría que proviene de los ancestros—, el oro que tú trabajas no deja cicatrices porque primero le pides permiso al espíritu del agua antes de mover de manera intencionada las piedras.
El canto de la batea de oro
Mientras los «Devoradores» clavaban sus dientes metálicos en las orillas del río, al abismo de la pureza del agua se le imponía un barro espeso y ciego que anticipaba el arribo de la muerte por asfixia. Aparicio, comprendido el sentido de las herramientas, las cuales no solo resultaban ser instrumentos para obtener minerales, sino que también eran herramientas para comunicarse más allá de sí mismo, se adentró en aquellas aguas moribundas. Allí empezó a girar su batea de madera con infinita paciencia. No buscaba esta vez la clásica y típica porción de oro para guardar de por vida. Moviéndola al vaivén del río, dejó escapar un tintineo cadencioso que parecía brotar de las entrañas mismas de la propia corriente. Por último, a su lado, Yará comenzó a triturar las semillas sagradas en la batea como gesto de ofrenda. En ese momento ocurrió algo del todo inesperado: las pequeñas partículas de oro ya no se hundieron en la espiral de agua de la batea. Por el contrario, empezaron a atravesarse como si emanaran luz; ¡el oro había cobrado vida!
El despertar de los guardianes
El «Oro Ético» rescatado sin emplear el mortal «veneno plateado» —el mercurio—, se convirtió en una luz líquida tan limpia que brillaba en las aguas turbias. Inesperadamente, empezaron a emerger desde las profundidades las Toninas Rosadas. No eran simples delfines; eran espíritus llameantes y parecían tejidos de cuarzo rosado y energía viva.
Con un crujido estruendoso, las raíces de las ceibas ancestrales surgieron de la tierra como puños de madera gigantes. Siguiendo la luz de la batea de Aparicio, los espíritus de los Tepuyes —los gigantes de piedra— soplaron una neblina tan espesa que atascó los engranajes de las máquinas; no para descomponerlas, sino para transformarlas. A su vez, donde antes hubo aullidos metálicos o llamas devoradoras, floreció el musgo fresco. Las vibrantes y vigorosas enredaderas extendieron sus brazos hacia los restos de los «Devoradores», para reconquistar lo que sería nueva vida de la tierra despojada.
Sembrando luz
La batalla no se ganó con fuego, sino con vida. Yará tomó el polvo de oro brillante de la batea de su padre —el oro que había sido tratado con respeto y agua limpia— y lo esparció sobre la tierra herida.
Donde una pizca de este «Oro de Luz» tocaba el barro brotaban de inmediato tallos nuevos que subían hacia el cielo y florecitas bellas germinaban en cuestión de segundos. No solo desaparecieron las marcas del daño; la selva no solo sanó; se fortaleció.
Moraleja
La verdadera riqueza no es el metal que brilla en la palma de la mano, sino la sombra del árbol que permitimos que siga en pie. El oro extraído con respeto es una semilla de luz; el oro arrancado con veneno es solo el precio de nuestra propia sed.
Al final, el minero más sabio no es el que vacía la tierra, sino el que sabe que el río no nos pertenece, nosotros pertenecemos al río.
@yorisvillasana
Por Corina Yoris-Villasana / El Nacional




